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La derrota de Panamá indignó al mundo del fútbol. | FOTO: GETTY IMAGES

Manos arriba

El polémico arbitraje del México-Panamá por la Copa de Oro vuelve a colocar al fútbol entre sospechas. El daño ya es irreparable: perdió Panamá, pero también el fútbol.

Por José Rubén Yerén

Twitter: @jryeren

Publicado: 2015-07-24

Manos arriba. Así, agitándolas sobre sus cabezas, futbolistas e integrantes del cuerpo técnico de Panamá aplauden de pie al borde del campo de juego. No, no han ganado. No hay nada que celebrar. Los aplausos son de ironía y van dirigidos a Mark Geiger, el árbitro que acaba de cobrar el segundo penal con que los mexicanos eliminarían a los panameños de la Copa de Oro. 

Ninguno fue penal. Y el primero –las imágenes no mienten– fue tan escandaloso que las sospechas, entendibles, crecen. Y lastiman. Perdió Panamá, pero nos duele a todos. Porque habiendo diversas maneras de perder un partido, ésta debe ser de las peores; aunque, claro, eso solo lo puedan saber los vencidos.

De caídas dolorosas, Panamá ya sabe un poco. Son los riesgos de crecer. En octubre de 2013 le ganaba 2-1 a Estados Unidos y acariciaba el Mundial de Brasil. Un gol de Zusi en el minuto 91 y otro de Johannsson, en el 92, terminarían rompiéndole el corazón. Aquella vez fue el fútbol, hermoso e impredecible deporte el que, caprichoso como es, dejaba sin premio a quien más lo merecía.

Manos arriba, Panamá. Casi dos años después, es el otro fútbol, el oscuro, el de los intereses comerciales, el que vuelve a quitarle el dulce. Sonará duro, pero no hay forma de pensar otra cosa. Huelga explicar las diferencias que, a todo nivel, hay entre una final Jamaica-Panamá y otra donde esté México. Debe doler perder así. El error arbitral forma parte del juego, es cierto; pero con el escándalo FIFA aún humeando –no olvidar tampoco la revelación a propósito de la famosa mano de Henry ante Irlanda–, la actuación de Geiger solo alimenta las sospechas.

Eso es lo triste. Empezamos a desconfiar de todo. Queda cada vez menos pureza en el juego: transferencias con tajadas, directivos presos, amaño de partidos, sobornos… ¿Qué le estamos haciendo al fútbol? Ya en mayo un gas pimienta y el posterior castigo –leve, cuando menos– lo pusieron de rodillas.

“Pasa Boca o no pasa nadie”, bramaban los salvajes aquella vez. Quitemos Boca y pongamos México y ésa parecería haber sido también la consigna en la noche de Atlanta. Ese penal (vamos, un puñal) acabó con la genuina ilusión de un país y, peor aún, dejó herido de muerte a este deporte que tanto amamos.

Se dirá que Andrés Guardado pudo darle oxígeno. Errar el penal, hacer justicia. Darle una lección al mundo. No fue así y tampoco es culpa del centrocampista mexicano. A fin de cuentas, Andrés hizo lo que el común de futbolistas hubiese hecho. Son pocos los que, nadando contra la corriente, hubiesen obrado diferente. Y es que siempre es más fácil alinearse que disentir. Y al fútbol se juega como se vive.

“Perdón, Panamá”, titulaban los diarios mexicanos. "Qué vergüenza empatar o ganar un juego así. Eso no tiene nombre y es una mancha imborrable", protestaba Rubén Blades en su cuenta de twitter. El daño ya está hecho y hay más de una víctima.

Guardado ejecuta el penal que hundió a Panamá. | FOTO: AFP

Negocio o deporte

Sin duda, el fútbol tiene una deuda pendiente con este pequeñito que empieza a asomar la cabeza entre dos gigantes. Sí, Panamá –y también Costa Rica– ha provocado que México y Estados Unidos empiecen a acelerar el paso en lo que normalmente era para ellos un tranquilo paseo hacia Mundiales y Copas de Oro. Tendrá su revancha, seguramente. El fútbol es también noble y a la larga te devuelve lo que le das.

Es al fútbol al que le debemos pedirle perdón. Y exigir explicaciones. Con indignarse no basta. ¿Que así es el fútbol? ¿Qué decirle, entonces, al niño que ve por la tele imágenes como las de la Bombonera o la del Georgia Dome de Atlanta? ¿Cómo explicarle que el fútbol es un deporte y que hay que jugarlo con nobleza, y a la vez decirle que Guardado tenía que convertir el penal porque es un profesional? El fútbol enseña, señores.

 Una postal del partido: el árbitro Mark Geiger y el reclamo de los panameños. | FOTO: EFE

Manos arriba, Panamá. El negocio nos está quitando el deporte y todos tenemos parte de responsabilidad: clubes con sobrevaluados fichajes y millonarias deudas apenas sermoneados por un endeble Fair Play financiero, prensa con odas a la nada y colección de rumores, futbolistas con poco apego al profesionalismo resguardados por entrenadores a quienes solo les importa ganar. Nos olvidamos del juego pues solo importa eso: ganar. En la cancha y, luego, fuera de ella. Llueven los millones, lo secundario triunfa. El show manda. El envoltorio se hace más grande y bonito, mientras el producto se encoge. Ya hasta olvidamos qué es lo que hay ahí dentro. 

Hay que recordarlo: esto es un juego. Y además de disfrutarlo, nos toca defenderlo. De lo contrario, acabaremos como Panamá: manos, arriba, impotentes, viendo cómo los de cuello y corbata se llevan la pelota.


Escrito por

José Rubén Yerén

Comunicador, cinéfilo, viajero comodón y defensor del fútbol de ataque.


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Porque el fútbol es un juego con el que se puede ganar dinero. Pero para ganar dinero tiene que ser juego. Si no se disfruta no es juego.