¿Berlín justifica los medios?
El Barcelona muestra su nueva cara. Atrás queda el atractivo juego de posición; llegó la hora del juego directo. Aun así, lejos de su reconocible estilo, los azulgranas siguen ganando: conquistaron su Liga 23 y están cerca de lograr un triplete histórico.
Por: José Rubén Yerén
Cuatro años pasaron para que el Barcelona vuelva a jugar una final de Champions League. Para lograrlo, los azulgranas tuvieron que deshacerse del Bayern de Pep Guardiola, mentor de aquel irrepetible equipo que jugó y ganó la última final europea de los culés (3-1 al Manchester en Wembley). Pero no fue el equipo muniqués la única víctima pues en el camino a Berlín, y quizá al triplete, el Barça de Luis Enrique se ha deshecho del atractivo y eficaz estilo que encandiló al mundo.
El incontestable juego de posesión, santo y seña de los azulgranas, ha dado lugar a este juego directo que, por ahora, no tiene pierde. Es innegable el poderío de este nuevo Barcelona. Es más vertical y con menos elaboración que antaño, pero no hay rival que se le resista. Si antes era por seducción, hoy los vence por demolición. No más verso, parece pensar Luis Enrique; esto tiene que ser rápido, como en el oeste. Un tiro, quizá dos.
Lo comprobó hace unos días el Bayern Múnich, que en los 180 minutos de eliminatoria fue fiel a la idea Guardiola, circulando el balón, moviéndose alrededor, adelantando el bloque, presionando la salida rival, mientras el Barça, de contragolpe, castigaba tanta osadía. Ese 3-0 del Camp Nou había dejado la llave sentenciada, aunque aún hubo tiempo en Múnich para comprobar lo bien que le acomodan a este Barça los equipos que se parecen a aquella que fuese su mejor versión.
En otros tiempos, dominar con la posesión de la pelota al Barcelona era tan difícil para el rival como insoportable para los culés: futbolistas e hinchas. Hoy ya no. El Barça sabe lo que tiene arriba por lo que acepta ver pasar la pelota sin sonrojarse. Antes del Bayern, ya otros equipos habían sacudido a los azulgranas –Real Sociedad, PSG, Valencia–, la mayoría sufriendo luego la pegada de su famoso tridente.
Los tiempos cambian. Hoy el Barça dejó de ser el de los mediocampistas para ser el de los delanteros. Formidable trío, hay que decirlo. Lejos de egos que dinamitasen el vestuario, Messi, Neymar y Suárez han asumido bien sus roles, principales y secundarios, y al grito de “Uno para todos…” recorren Europa buscando esa corona que los legitime como los mejores. Reivindicando, además, la política de fichajes de su D’Artagnan. Sí, Zubizarreta sonríe a la distancia.
Esa tremenda pegada la sufrió también el Real Madrid, que en el último clásico se plantó de tú a tú en el Camp Nou, solo para vivir en carne propia lo que se siente encajar goles al contragolpe. Lo que es el fútbol: el Barcelona pareciéndose al criticado Real Madrid de Mourinho. “El Madrid vive de las contras”, se quejaban los culés en aquellos días. No hay que escupir al cielo.

Suárez, Neymar y Messi, el poderoso tridente ofensivo del Barcelona. |FOTO: EFE
¿Momento de cambiar?
Y entonces, la duda asalta a todos quienes crecimos viendo, admirando y aprendiendo que en el Barça el estilo estaba por encima de los recursos. ¿Será que llegó la hora de anteponer el qué al cómo? ¿El estilo sí era negociable, entonces? ¿Se reconocerán los hinchas blaugranas en este, su nuevo Barcelona?
Quien parece resistirse es Johann Cruyff. Horas después de aquel clásico victorioso de marzo (2-1), el hombre que cambió para siempre la historia del club catalán se mostró inconforme con sus nuevas maneras. “El futbol es tan fantástico que juegas un partido malo y ganas –dijo aquella vez– ¿Cuántos balones perdió el Barça? ¿Quién ganó la posesión? El Madrid, ¿no? Pues está todo dicho", remató el padre de la filosofía Barcelona.
Iniesta y Xavi, símbolos del Barça de Pep, en su momento también se manifestaron. “Son detalles. Antes dominábamos más los partidos. Pero no cambia tanto. Nada ha sido igual de un año a otro nunca, siempre hay matices”, afirmaba Iniesta, más diplomático que Xavi, para quien preservar el modelo es básico. “Mal haríamos de cambiar el estilo. El esquema, el ADN Barça no se puede perder nunca en la vida".
Nadie parece recordar aquella crisis de inicios de año que acabó con la destitución de Zubizarreta cuando ni el estilo, ni los fichajes, ni los resultados aparecían. Hoy el Barcelona gana y parece que con eso basta.
Hay que reconocer, no obstante, que algo queda de la vieja guardia. La mejora física de Busquets le da al equipo de Luis Enrique mucho del poco juego de posición que este Barça todavía conserva. Las ráfagas de Iniesta y las breves apariciones de Xavi nos remontan por instantes a los años felices. Manchester City y PSG, en Champions o Espanyol, en Liga, pueden dar fe que al club blaugrana todavía le quedan noches de fantasía. Pocas, seguramente.
Este Barça es otro. Ni peor ni mejor, simplemente distinto. Es el de los delanteros, pero también el de Rakitic y Dani Alves, el de Mascherano, ¡el de Messi, cómo no!, pero por sobre todo, es el Barcelona de Luis Enrique.
“Estamos mal acostumbrados a esa etapa tan gloriosa del club”, llegó a decir el técnico asturiano, quien ha dejado de lado la estética para dar paso a este equipo eléctrico. Además de la intensa presión para recuperar la pelota, su Barça destaca por las jugadas a balón parado, por la estratégica ubicación de Messi, muchas veces haciendo de lanzador para aprovechar las diagonales de Neymar y Suárez, aunque su rasgo más distintivo sea la poca elaboración y la verticalidad para la transición ofensiva.
Quién sabe y sea éste el paso que le faltaba al Barcelona. Ser versátil, probar alternativas, saltarse el mediocampo, apelar al contragolpe; algo improbable años atrás. Sea por las características de sus actuales jugadores o porque quiere demostrar que un club no está obligado a mantener un estilo de por vida, Luis Enrique dejó atrás las formas. Gustos al margen, tiene claro lo que quiere. Su Barça dejó de ser ese equipo confuso que jugaba al vértigo mientras añoraba lo que fue. O vas o te quedas. A diferencia de Martino, ahogado en la indefinición, el técnico azulgrana no piensa virar el barco a mitad de camino.
El legado del padre
Defender hacia adelante, crear desde atrás, llenar el mediocampo, circular el balón, construir triángulos, meter al rival en su campo y que no pueda salir: tales eran las ideas con las que Johann Cruyff hizo del Barcelona lo que es hoy. Fue con ese reconocible estilo, luego perfeccionado por Guardiola, que el club de la ciudad condal construyó su estirpe ganadora. Antes del holandés (1988), el Barcelona había ganado nueve ligas y ninguna Champions.
Hoy, 23 ligas y 4 Champions adornan sus vitrinas. Acaba de ganar la Liga ante el Atlético y en pocos días pueden llegar dos nuevos trofeos: la Copa del Rey y la Champions League. Sí, el Barcelona está cerca de conseguir el segundo triplete de su historia (el primero lo consiguió Guardiola en la temporada 2008-2009), algo que ningún club europeo ha logrado.

Cruyff, Guardiola y Luis Enrique. Gustos al margen, el Barça está cerca de hacer historia. MONTAJE: MARCA
El estilo que le dio todo parece no importar mucho. ¿Será que el fin (Berlín) justifica los medios? ¿Qué se les dirá a los chicos de La Masía? Hoy los culés están de fiesta, y solo tienen ojos para su poderoso trío atacante. “Que la pelota le llegue a Messi”, parece ser la idea. Si la procesión va por dentro no lo sabemos. Si este Barça versión Luis Enrique es solo una excepción a la regla, tampoco.
Cualquiera puede ganar; dejar un legado es solo una cuestión de elegidos, se dice. Veintitrés años ya han pasado desde aquel 20 de mayo de 1992, cuando el ‘Dream Team’ de Cruyff ganaba la primera Copa de Europa para el Barcelona (1-0 al Sampdoria en Wembley). Más que ese gran éxito –pasajero, sin duda– se mostraba al mundo la eficacia del estilo: jugando bien se podía ganar. Esa filosofía marcó a fuego al hincha azulgrana, que, ganando o perdiendo, supo reconocerse en sus equipos. Así fue que llegaron más copas. Así fue que su fútbol se hizo reconocible en todo el mundo.
Quién lo diría. Veintitrés años después, el Barcelona puede volver a hacer historia en Europa. Aunque para ello haya tenido que negar al padre.