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 Guardiola y la explosión de júbilo después de uno de los goles del Bayern Múnich. | FOTO REUTERS

El resorte Guardiola

Pep lo hizo otra vez. Ante la exigencia y el apremio, no tuvo temor: movió las piezas y eligió jugar. La exhibición del Bayern (su Bayern) ante el Porto en la Champions League parece confirmar algo: puesto contra las cuerdas responde mejor.

Por José Rubén Yerén

Twitter: @jryeren

Publicado: 2015-04-24

No es necesario ser un experto en física para saber lo que hace un resorte. Su característica principal es conocida: a mayor presión, mayor expansión. Cien partidos después de su llegada al Bayern Múnich, Josep Guardiola puede dar fe que el “efecto resorte” también se da en el fútbol. 

Sí, Pep lo ha hecho otra vez. El 3-1 sufrido ante el Porto colocaba a los de Guardiola contra la pared. Otra vez sin Robben ni Ribery –sus armas para desbordar al rival–, con un clima enrarecido por la salida del médico del club y cargando con la obligación de ganar por dos goles de diferencia, la tarea para los bávaros aparecía complicada.

Recordar lo mal que se lo hizo pasar el Porto en la ida intranquilizaba al técnico catalán. Tanto que, de haberse quedado dormido en su estudio mientras analizaba al rival, probablemente la imagen de Jackson Martínez persiguiendo a Xabi Alonso y a sus centrales lo habría despertado. La presión era inmensa; su respuesta, una tremenda liberación de energía (y fútbol) sería mucho, mucho mayor. “Que nadie piense que vamos a ganar con las partes nobles del ser humano. Necesitamos jugar bien", había dicho el técnico horas antes que el mundo fútbol sea testigo de otra de sus brillantes lecciones.

No era fácil. El Porto había demostrado lo buen equipo que es, superando en casa al Bayern en todos los registros: capacidad física, rigor táctico, intensidad, pero también en juego. Comba y cincel. Enorme, Oliver Torres para asociarse, jugar y hacer jugar, y formidables, Herrera, Casemiro, Brahimi y Cuaresma en todo lo demás. Y claro, Jackson. El colombiano, siempre lúcido de cara al gol, fue además implacable a la hora de entorpecer la salida rival. Dante todavía siente su respiración en la nuca.

La derrota dejaba groggy al Bayern y envalentonado al Porto. Cierto, los tres goles encajados fueron errores propios –Dante, Xabi Alonso y Boateng–, pero consecuencia del acoso al que los sometió el local.

Mucho fútbol y extremada atención defensiva, tal era el reto para el Bayern en casa. Así, rozando el abismo, condenado a ser extremadamente preciso, el campeón alemán hizo lo que un equipo de Guardiola suele hacer en circunstancias decisivas como esta: se echó a jugar.

Con juego e intensidad, Porto había superado al Bayern en la ida. | FOTO GETTY IMAGES

Innovar, siempre

Nada más terminado el partido en Portugal, Guardiola estaría pensando en cómo darle vuelta a la eliminatoria. Cómo ganar las bandas, y por ende amplitud, era su preocupación. Debía encontrar solución. Una vez más, su sagacidad era puesta a prueba.

En ocasiones similares había sabido encontrar respuesta, casi siempre sorpresiva. Recuérdese cuando en el Barça colocó a Messi de falso 9 ante Real Madrid o cuando, perdiendo la final del Mundial de clubes ante Estudiantes, metió a Pedro para terminar atacando con dos centro delanteros y dos extremos. Ya en Bayern, encontró el antídoto a las peligrosas contras del Dortmund (plantando su defensa en campo rival con Xabi Alonso como primer escollo), aunque su mayor descubrimiento es el Lahm mediocampista. Pensar, analizar, innovar, cambiar. Así es cómo Guardiola ha construido su nombre.

El martes, en el Allianz Arena, añadiría un ladrillo más. No hay extremos; no importa, pensó: la pareja Rafinha y Lahm, por la derecha, y la de Bernat y Götze, por la izquierda, cumplirían la misión de darle amplitud al Bayern. Boateng y Badstuber, posicionados en mitad del campo, se encargarían del primer pase, de preferencia con balones largos y cruzados para evitar la primera línea de presión portuguesa que tantas pesadillas causó. Bayern avanzaba en bloque, todos juntos, como le gusta a Pep; empujando al rival y presionándolo para recuperar el balón de inmediato.

Ayudó la timidez del visitante. A cada paso del gigante muniqués, Porto daba cien hacia atrás. Sea por disposición de Lopetegui o miedo escénico de sus futbolistas, esto facilitó la marcha del tractor bávaro. ¿Hubiese salido un mejor partido con el Porto valiente de siempre? Nunca lo sabremos. No obstante, hay que reconocer que hay ahí suficiente técnico, ideas y plantel como para codearse con la élite del fútbol europeo.

Para cuando Porto se dio cuenta, ya estaba encogido contra su área. Esas asociaciones por las bandas descontrolaron a sus volantes, obligados a estirarse de lado a lado para ayudar a sus laterales. En ese forado originado en el centro emergería la figura de un espléndido Thiago Alcántara, libre para marcar los ritmos del partido, ordenando, asistiendo, buscando socios y pisando el área. Gran partido del hispano brasileño. Era esto lo que Guardiola esperaba de él.

Sin extremos naturales, el Bayern había abierto al Porto por las bandas para después destrozarlo por el medio. Todo, no lo duden, estaba en el plan de Pep, Clave también el rol de Lewandowski, retrocediendo y encontrándole el gusto a eso de jugar, tocar y asistir. El desconcierto en los centrales –esa terrible duda de ¿lo sigo o me quedo? que también martirizó a Cannavaro y Metzelder ante Messi– sería aprovechada por Thomas Müller, movedizo, letal.

Así, con los visitantes moviéndose de un costado al otro, fue que llegó el primero, de Thiago. Luego el segundo gol, de Boateng, después de un córner. El tercero, una obra de arte firmada por Lewandowski en nombre del staff de artistas, nos mostraría al otro Bayern: el de toque y posesión. El tiburón Müller, que ya olía la sangre, aprovecharía las licencias por el centro para hacer el cuarto y Lewandowski marcaría el quinto gol, fruto de la presión de Lahm para robar un balón en campo rival.

Por aire o tierra. Variedad de formas en los goles, aunque todos puedan resumirse en los tres aspectos que prioriza Guardiola: movilidad, posesión y presión. Y juego aéreo, claro; son alemanes, no olvidarlo. Y en los seis goles, Thiago. Él originó la falta que derivó en el 6-1, anotado por Xabi Alonso cuando el Porto se entusiasmaba con las migajas que le dejaba el Bayern y Jackson Martínez hacía de Indiana Jones. Esos minutos de relax del local sirvieron para comprobar lo buen delantero que es el colombiano, el único visitante que no se achicó. Por lo demás, aun incluyendo esa siesta del segundo tiempo, la victoria del Bayern no admite dudas.

 Thiago tuvo en Múnich su mejor noche con los bávaros. | FOTO AP

Esto es un juego

Cuando llegó a Múnich, a Pep Guardiola le esperaba un desafío descomunal: mejorar a un Bayern casi formidable. Casi dos temporadas después, el equipo muniqués sigue siendo aquella vistosa aplanadora que construyó Heynckes, pero mucho más versátil. Hoy este Bayern puede ganar por demolición o por paciencia: su ataque, directo y rápido, parece una embestida aunque también sabe de pausas y llegadas elaboradas.

A Guardiola lo ficharon no solo para ganar, sino para darle un estilo al Bayern. Lo está consiguiendo. El equipo bávaro agranda su abanico de variantes y no deja de crecer. Y de ganar. Probar y arriesgar, de eso se trata. En manos de Guardiola un equipo de fútbol es un juguete. Disfruta como niño al probarlo, darle vueltas, manipularlo, sacudirlo, quitarle piezas, cambiarlas de lugar; conocerlo. Sus rivales están advertidos: el peligroso invento de Pep aún no está terminado.

No lo dude: esta exhibición del Bayern ya forma parte de la colección de grandes momentos que nos ha regalado el fútbol. Otras obras de Pep yacen allí: entre otras, el 4-0 al Santos en el Mundial de Clubes 2011, el 3-1 al Manchester en la final de Champions 2011 y la sublime media hora de un partido que no ganó: 2-2 ante Arsenal en la Champions 2010.

El fútbol puede ser hermoso, claro que sí. Solo hace falta valentía para arriesgar y serenidad para entender que esto es un juego. Un juego donde no deberían existir dramas, ni temores. En el fútbol lo más peligroso es el miedo y Guardiola lo sabe. Por eso busca siempre dominar, mandar, imponer condiciones; que tema el otro. Es así que cuando las papas queman, sea en finales o buscando remontadas, él sale a jugar. ¿Presión? Seguramente la siente. Pero ya sabemos cómo responde ante ella. Efecto resorte, le llaman.


Escrito por

José Rubén Yerén

Comunicador, cinéfilo, viajero comodón y defensor del fútbol de ataque.


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